Review
Abel
- Director
- Diego Luna
- Year
- 2010
- Rating

- Reviewed by
- Gon Curiel a.k.a. Groucho
- Review date
- Monday, June 14, 2010
Conocemos a Abel (Christopher Ruiz-Esparza, en una actuación que no deja de asombrarme) dos años después de su quiebre. Lo han dado de alta de una clínica donde la calidad claramente no protagoniza. Su madre (Karina Gidi, que se roba la película), heroica mujer que ha logrado sacar adelante a su familia, no lo ha abandonado ni un día, y ahora lo recoge para empezar un intento de convivir en casa, ante el fracaso de lo cual tendrá que remitirlo a otra clínica en la capital del país.
Revelo demasiado. Todos estos hechos se van dosificando poco a poco, en un primer tercio que es más bien triste y dramático, y un tanto desconcertante. Es un placer descubrir paso a paso lo que llevó al niño a estar como está, y por qué su familia —la madre, una hermana mayor (Geraldine Alejandra) y un hermano menor (Gerardo Ruiz-Esperaza)— lo comprenden y apoyan sin pensarlo.
Abel es un observador del mundo que no parece querer hablar hasta no tener algo digno qué decir. Encuentra solaz en funciones de media noche de películas de Pedro Infante (aparecen escenas de No Desearás la Mujer de tu Hijo (1950), en la que la autoridad del padre, interpretado por Fernando Soler, era un poder supremo e incuestionable), pero su ansiedad poco disminuye. Abel es visto como un obstáculo para la normalidad de su hogar, cuando en realidad lo que ahí falta es un padre. De pronto, sin más, él decide tomar ese lugar.
El giro es hasta cierto punto cómico, de hecho provoca muchas risas, pero es de gran crudeza cuando se comprende que esa carencia, ese abandono, es lo que ha llevado no sólo a Abel sino a toda la familia a ese punto. La reaparición del padre, interpretado por José María Yazpik, no hace más que enfatizar esto mismo: tanto lastimó su abandono como lo hace ahora su repentino retorno con cara de “aquí no pasó nada”. El delicado estado de Abel se ve amenazado por ese esfuerzo inconsciente de todos por regresar a la normalidad. Sin embargo, ésta resultó tan lastimosa la primera vez que puede ser mucho más sano evadirla.
En el proceso de esta extraordinaria historia se ilustran muchos elementos que no tienen nada de extraordinario en nuestro país. El ausentismo, el abandono, las familias múltiples, el machismo, la pobreza disfrazada de menor pobreza, la falta de comunicación, la irremediable verdad saliendo a flote… No hay villanos en Abel, el mal está en el entorno, en el lugar socioeconómico en que algunos se encuentran atrapados, quienes pese a su posible modernidad mental o a su gallardía para enfrentar situaciones adversas, poco pueden luchar contra la fuerza que reprime sus intentos de salir.
Abel grita en silencio, y al no encontrar respuesta, procura llenar un hueco, intenta ser más fuerte que quienes deberían serlo, descubre que no existe la manera, y busca aún otra salida. Su persistencia es peligrosa, el final es triste y realista en ese sentido, pero su iniciativa es inspiradora. Todo menos conformarse, así lo veo. No sé si sea éste el mensaje que los escritores Augusto Mendoza y Diego Luna quisieron dar, pero el hecho de que la historia esté tan abierta a interpretaciones, y que un millón de ellas puedan encontrarse, habla de la gran franqueza de su argumento. Aplaudo el esfuerzo y agradezco el buen rato.
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